jueves, 6 de agosto de 2026

Cuento 3

  

El tiempo y un cuaderno

Mariel Turrent


Estreno un tercer cuaderno con la frase: “Un minuto es un minuto”. O lo que es igual, cada minuto cuenta.

          Mi mamá escuchó aquella frase cuando era niña y regresaba con sus papás a la ciudad tras unas vacaciones en Vallarta. Frente al aeropuerto, unos turistas en traje de baño aprovechaban los últimos rayos de sol previos a su partida. “Cada minuto cuenta”, se justificaron.

          Desde entonces esa frase es parte de nuestro léxico familiar y yo en especial la convertí en mi estandarte poco después de que Pepe y yo nos hicimos novios y le ofrecieron un trabajo ineludible en la Ciudad de México.

          Nuestra historia se ha ido construyendo como un rompecabezas de viajes breves. Siempre estamos ganándole al tiempo, estirándolo, retorciéndolo, quitándole un rato a esto y a lo otro para sumarlo a lo nuestro. En el transcurso de una hora, he visto selfis de Pepe, a bordo del Metrobús, atorado en un Uber y sorteando el tráfico en una moto abrazado a un desconocido para llegar a tomar un vuelo. Yo misma he cruzado a toda velocidad el aeropuerto entero en una silla de ruedas empujada por un corredor profesional que conmovido me llevó hasta la última sala para que no me dejara el avión.

          El tiempo se fragmenta, se reacomoda, se reinventa. Un pase aéreo anual nos permite estar juntos por escasas cuarenta y ocho horas cada mes. Cada minuto cuenta; cuenta una historia larguísima en su casa, en la mía, en un hotel, en la casa de alguna amiga, o de alguna tía lejana. Una historia en un mercado, en un estadio, en un puesto de tacos, o en un rincón insospechado; recuerdos que se van hilvanando y parecen haber durado horas, a veces, años. Años que luego pasan entre un viaje y el otro y nos llenan de ganas.

          A veces, cansada —cansada de contar— pensaba en mudarme para estar siempre a su lado, calmada. Instalada en un solo minuto larguísimo que no necesitara puntadas. Y luego me preguntaba si me faltarían los relatos de Pepe en la distancia, ¿dónde quedarían las ausencias prometedoras y la euforia?, ¿aparecería entonces el tedio? ¿cómo se gana contra este una batalla? ¿Y si llegaba la calma y de tantos minutos tuviera que empezar a dar tiempo al tiempo y perdiera la cuenta y ya no tuviera nada que contar?

          Entonces se me ocurrió matar esos lapsos interminables inventando mi vida cotidiana al lado de Pepe. Es decir, durante su ausencia, empezaría a imaginar que ya vivíamos juntos, haría de cuenta que estaba a mi lado y escribiría un diario de todo lo que sucediera en aquel tiempo imaginario. En realidad, la idea no fue mía. O sí, pero se me ocurrió por algo que, en su momento, no me interesó sobre un libro que leyó mi madre donde la protagonista es una mujer que, para evadir su realidad, se inventó otra que vivía intensamente a través de sus lecturas. A mí me daba flojera leer y yo no quería tener una vida imaginada por otro. Yo quería tener la vida que yo imaginaba al lado de Pepe, así que empecé a escribirla. Empecé relatando pelos y señales de convivencia diaria gracias a la pluma entusiasta de la novedad: cómo Pepe ordenaba su ropa y yo me disculpaba por no ordenar la mía y él me decía que mi desorden no le molestaba; las horas que yo pasaba en el consultorio, mientras él se dedicaba a lo suyo y luego cuando repartíamos el ocio entre mi afición a los mercados callejeros y su devoción al fútbol. Cuando la ficción conyugal se me empezaba a bloquear, llegaba el momento de preparar la maleta y hacer efectivo el pase aéreo.  

          Así, durante dos cuadernos, viví mis narraciones interrumpidas mensualmente por la adrenalina de esos viajes persiguiendo el tiempo.

          Hasta que un día abruptamente cambió el argumento: Pepe y yo estamos en la misma ciudad. Él es sumamente ordenado y yo… yo no. Dice que no le importa, pero en el fondo sé que no le gusta el tiradero. A mí tampoco me gusta el fútbol, pero lo consiento; él tampoco le gusta comprar chácharas y, aun así, va detrás de mí puesto tras puesto. De lunes a viernes yo estoy en el consultorio y él atiende lo suyo. La vida transcurre sin relatos intrincados. Nuestro tiempo ya no es un fragmento, sino una calma continua. Ya no cuento el minuto. Ya no cuento gran cosa. Y aunque no he sentido aún el aburrimiento, extraño las videollamadas de Pepe y sus relatos, extraño el gozo postergado, la cosquilla de lo incierto. Mientras camino de regreso a casa, me acuerdo de aquel personaje del libro que me contó mi madre y veo una papelería. Me detengo y compro un cuaderno nuevo.  

Cuento 3

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