El tiempo y un cuaderno
Mariel Turrent
Estreno
un tercer cuaderno con la frase: “Un minuto es un minuto”. O lo que es igual,
cada minuto cuenta.
Mi mamá escuchó aquella frase cuando
era niña y regresaba con sus papás a la ciudad tras unas vacaciones en Vallarta.
Frente al aeropuerto, unos turistas en traje de baño aprovechaban los últimos
rayos de sol previos a su partida. “Cada minuto cuenta”, se justificaron.
Desde entonces esa frase es parte de
nuestro léxico familiar y yo en especial la convertí en mi estandarte poco después
de que Pepe y yo nos hicimos novios y le ofrecieron un trabajo ineludible en la
Ciudad de México.
Nuestra historia se ha ido
construyendo como un rompecabezas de viajes breves. Siempre estamos ganándole
al tiempo, estirándolo, retorciéndolo, quitándole un rato a esto y a lo otro
para sumarlo a lo nuestro. En el transcurso de una hora, he visto selfis de Pepe,
a bordo del Metrobús, atorado en un Uber y sorteando el tráfico en una moto
abrazado a un desconocido para llegar a tomar un vuelo. Yo misma he cruzado a
toda velocidad el aeropuerto entero en una silla de ruedas empujada por un
corredor profesional que conmovido me llevó hasta la última sala para que no me
dejara el avión.
El tiempo se fragmenta, se reacomoda,
se reinventa. Un pase aéreo anual nos permite estar juntos por escasas cuarenta
y ocho horas cada mes. Cada minuto cuenta; cuenta una historia larguísima en su
casa, en la mía, en un hotel, en la casa de alguna amiga, o de alguna tía
lejana. Una historia en un mercado, en un estadio, en un puesto de tacos, o en
un rincón insospechado; recuerdos que se van hilvanando y parecen haber durado
horas, a veces, años. Años que luego pasan entre un viaje y el otro y nos
llenan de ganas.
A veces, cansada —cansada de contar— pensaba
en mudarme para estar siempre a su lado, calmada. Instalada en un solo minuto larguísimo
que no necesitara puntadas. Y luego me preguntaba si me faltarían los relatos
de Pepe en la distancia, ¿dónde quedarían las ausencias prometedoras y la euforia?,
¿aparecería entonces el tedio? ¿cómo se gana contra este una batalla? ¿Y si llegaba
la calma y de tantos minutos tuviera que empezar a dar tiempo al tiempo y
perdiera la cuenta y ya no tuviera nada que contar?
Entonces se me ocurrió matar esos
lapsos interminables inventando mi vida cotidiana al lado de Pepe. Es decir, durante
su ausencia, empezaría a imaginar que ya vivíamos juntos, haría de cuenta que
estaba a mi lado y escribiría un diario de todo lo que sucediera en aquel
tiempo imaginario. En realidad, la idea no fue mía. O sí, pero se me ocurrió por
algo que, en su momento, no me interesó sobre un libro que leyó mi madre donde
la protagonista es una mujer que, para evadir su realidad, se inventó otra que
vivía intensamente a través de sus lecturas. A mí me daba flojera leer y yo no
quería tener una vida imaginada por otro. Yo quería tener la vida que yo imaginaba
al lado de Pepe, así que empecé a escribirla. Empecé relatando pelos y señales
de convivencia diaria gracias a la pluma entusiasta de la novedad: cómo Pepe
ordenaba su ropa y yo me disculpaba por no ordenar la mía y él me decía que mi
desorden no le molestaba; las horas que yo pasaba en el consultorio, mientras
él se dedicaba a lo suyo y luego cuando repartíamos el ocio entre mi afición a
los mercados callejeros y su devoción al fútbol. Cuando la ficción conyugal se
me empezaba a bloquear, llegaba el momento de preparar la maleta y hacer efectivo
el pase aéreo.
Así, durante dos cuadernos, viví mis
narraciones interrumpidas mensualmente por la adrenalina de esos viajes persiguiendo
el tiempo.
Hasta que un día abruptamente cambió
el argumento: Pepe y yo estamos en la misma ciudad. Él es sumamente ordenado y
yo… yo no. Dice que no le importa, pero en el fondo sé que no le gusta el
tiradero. A mí tampoco me gusta el fútbol, pero lo consiento; él tampoco le
gusta comprar chácharas y, aun así, va detrás de mí puesto tras puesto. De
lunes a viernes yo estoy en el consultorio y él atiende lo suyo. La vida transcurre
sin relatos intrincados. Nuestro tiempo ya no es un fragmento, sino una calma continua.
Ya no cuento el minuto. Ya no cuento gran cosa. Y aunque no he sentido aún el aburrimiento,
extraño las videollamadas de Pepe y sus relatos, extraño el gozo postergado, la
cosquilla de lo incierto. Mientras camino de regreso a casa, me acuerdo de
aquel personaje del libro que me contó mi madre y veo una papelería. Me detengo
y compro un cuaderno nuevo.